Entre los diez candidatos que postulaban para ser el nuevo inquilino del Palacio del Eliseo, solo el presidente saliente Nicolas Sarkozy con 27% y el candidato socialista François Hollande con 28.5%, concurrirán a la segunda ronda del 6 de mayo. El partido socialista consigue uno de sus mejores resultados. Es la primera vez que un presidente-candidato se encuentra en segunda posición en la carrera electoral.
El radical Jean-Luc Mélenchon (Frente de Izquierda) obtiene 11%, la ultranacionalista Marine Le Pen (Frente Nacional) un histórico 18%, mientras que el candidato centrista François Bayrou alcanza una decepcionante quinta posición con 9%. Los demás candidatos obtienen resultados insignificantes por debajo de los 5%.
Varias son las enseñanzas de esta primera vuelta.
Primero, esta campaña electoral aburridísima, sin ambición, sin contenido ni debate consagra unos candidatos que no han conseguido despertar el sueño y la esperanza entre los ciudadanos. Reina la desilusión y la resignación ante una elección sin interés. Tanto Sarkozy como Hollande son personalidades ya muy vistas y desgastadas en el escenario político francés. Sus programas electorales fuera de la realidad económica actual no han conseguido limitar la inquietud y las incertidumbres de los franceses.
Por otra parte, ninguno de los dos candidatos se ha mostrado, por lo menos durante la campaña, a la altura del acontecimiento histórico político y económico al que se enfrente el país. Tampoco supieron anticipar y preparar los franceses al desencanto post electoral que espera al país. En efecto, el modelo de bienestar social francés, envidiado por toda Europa, está en peligro. Con toda probabilidad, las generosas prestaciones sociales sufrirán importantes recortes esta primavera. Pero el verdadero problema es que ninguna medida realista ha sido pensada o propuesta por los dos candidatos para preservar estos logros sociales. Ningún plan de acción europeo ha sido elaborado para dopar a la economía europea. Ninguna medida de anticipación del terremoto social ha sido evocada.
Europa se ahoga en una crisis económica financiera y social, que ya se trago al gobierno griego de Papandreu, al gobierno italiano de Berlusconi, al gobierno español de Zapatero y que acabara según vaticinan las encuestas, con el gobierno de Sarkozy.
Más preocupante y más desapercibida es la crisis moral y política que sacude el país. El resultado impresionante e histórico de Marine Le Pen en estas elecciones presidenciales, demuestra la crisis de confianza hacia lo político y desafección de las clases populares para los partidos del arco democrático. Esta tendencia es preocupante ya que pone en peligro el ideal democrático y la resurgencia espantosa del espectro fascista. Por si cabria alguna duda de esta crisis de confianza solo basta comprobar que, entre los 10 candidatos, 7 eran candidatos anti sistema con programas claramente orientados hacia un cambio de régimen político y/o constitucional.
La lectura sencilla que hago de estas elecciones es que la crisis que estamos viviendo parece traer con ella el fin de una época, la emergencia de un nuevo ciclo que duda entre el progreso o la regresión. Es flagrante constatar que los países europeos están como paralizado a la espera de una tormenta inevitable. Europa detiene su respiración a la espera de los resultados electorales en Francia como si de allí dependiera la solución del problema. Temo mucha decepción.
Ni Hollande ni Sarkozy supieron demostrar en estas elecciones la capacidad, la autoridad y el carisma para hacer frente a la situación. Creo que ni Francia ni Europa deben esperar un salvador. Para salir de la crisis, la sociedad francesa y europea debe demostrar su responsabilidad y su reactividad ciudadana. Todos debemos proteger a toda costa nuestros derechos y los logros del bienestar social que las sirenas del extremismo político y económico tratan de desmantelar. La sociedad francesa y europea debe asumir que está metida en una profunda renovación y mutación : O bien se impone como sociedad madura, abierta y dinámica en adecuación con las realidades de este siglo 21. O bien estaremos todos condenados a una regresión social, cultural y política.


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